Para mi compadre, ‘El Zambo’ Gregorio Martínez

> Enrique Sánchez Hernani escribe sobre el escritor fallecido recientemente. Un autor que abordó con maestría, y un singular sentido del humor, la cosmovisión de la cultura afroperuana.
— Me acabo de enterar hoy y no lo creo. Imposible creer que Gregorio ‘El Zambo’ Martínez haya partido en el taxi que lo debe haber dejado allende este mundo. Si todo en él era facundia, dicharacherío, pendejada noble, pura criollada. Esa es la personalidad que él sabía imprimir en sus libros, que deben ser algunos de los títulos con más calle de la literatura peruana, de excelente factura, con prosa rápida, eléctrica, cunda.

Yo lo conocí bien en los comienzos de La República, cuando el Gringo Thorndike le encargó: “Házmelo periodista. Es un poeta joven, pero tiene madera”. Así pasé a tenerlo de tutor literario y espiritual, porque se tomó el encargo al pie de la letra y me llevó de paseo no solo por varios libros del entonces periodismo literario norteamericano, sino por callejuelas y huariques de la bohemia hard core de Lima.

La cantidad de tardes que pasó El Zambo limpiando y puliendo mi prosa, no metiéndole mano, sino diciéndome cómo debía y qué corregir. Es decir, enseñándome los secretos de la cocina de la prosa. Nunca me puso una coma o un adjetivo, sino que me enseñaba cómo corregir y editar mis textos. Y luego me paseaba por la noche del centro de Lima, por sus bares, por sus personajes. Viví con él todo mi bachillerato callejero y con sus amigos: los poetas Juan Cristóbal y Cesáreo Martínez. Cuando mi aprendizaje ya no daba para más, a eso de las 4 de la mañana, reunía sencillos para mi taxi y me embarcaba a casa, para seguirla al día siguiente, por tres o cuatro días. Qué tal aguante de esta gente, porque yo dormía, pero ellos solo cabeceaban.

Sus crónicas periodísticas descubrieron esa Lima cambiante post inmigración. Lugar que describía, lugar que ponía de moda entre la intelectualidad limeña. Por una de sus crónicas, que leí antes, en El Caballo Rojo, descubrí Los Mundialistas, un salsódromo arrabalero de los extramuros de Lima, al final de la avenida Grau. Se reía del mundo y el mundo se reía con él.

Qué cosas no le pasaron. Bastaba con que se fuera a chupar cualquier fin de semana para narrar lo que le había pasado, entre ello su encuentro con el poeta Martín Adán y la tremenda borrachera que compartieron en El Palermo. Fundó un estilo de decir, que era el mismo de lengua oral, pues él siempre estaba hablando “en plan de…”, pues tenía un oído entrenado y al vuelo cogía el lenguaje popular y lo trasladaba al papel.

Amante del cebiche que él preparaba cuando el grupete ya no podía beber una sola copa más, con pescado que él mismo compraba en el mercado de por su casa, en Santa Catalina, también adoraba la música de la Sonora Matancera. Pero sobre todo amaba la vida, a la cual le sorbió hasta el último huesito, antes de partir a Washington, a escribir más serenamente, aunque a veces, me contó, se aburría de la mucha paz y del lago con cisnes que se veía desde el vitral de su estudio en su casa gringa. Mucho paraíso para alguien que había conocido la calle dura.

Ahora que partiste, supongo que vas a pasearte con pana y concha por el Averno, si es que no le has dado miedo al mismo Satanás. El cielo no, muy aburrido para ti. Anda ubicándote allí, separa una mesa y pide unas chelas, que, tarde o temprano, allá vamos. Salud compadre, gracias por la vida que me diste.

(Escrito el 7 de agosto de 2017.)

Enrique Sánchez Hernani / lamula.pe
Sociólogo, periodista, escritor y poeta peruano.

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